17 enero 2019

Cuenta regresiva

Dicen que uno no sabe cómo reaccionará ante determinadas situaciones. Y es verdad. En ese momento, me dio por pensar en el frío de la pistola en mi vientre y en el mal aliento de ese hombre. “Si te mueves, te quiebro” me decía, y mi mente se iba a las ganas de orinar que tenía. 

No sé cuánto tiempo había pasado desde que comenzó esta pesadilla. Lo que tengo claro es que no es un sueño, no se va a acabar por mucho que abra mis ojos.

Esta mañana salimos de casa a comprar desayuno para los niños. Fuimos al centro comercial donde venden esos pasteles que tanto les gustan. Como no había sitio para aparcar, Carlos, mi marido, se bajó a comprar y yo me quedé en el coche por si había que moverlo.

Me puse a juguetear con el teléfono. Fue todo tan rápido que no fui consciente de lo que pasaba hasta unos minutos más tarde, cuando ya me encontraba en el asiento trasero con un hombre clavando la punta de metal de un arma bajo mi camisa. Delante, uno conducía y el otro le guiaba. Los tres parecían rondar los treinta años. Todos gritaban.

“Mira hacia delante” me decía el de la boca hedionda, “ni se te ocurra ponerte a llorar”. Llevaba una barba abundante y poco cuidada. Sus ojos destilaban rabia. Al chófer y al copiloto no podía verles bien el rostro. Uno llevaba una gorra de béisbol y el otro era calvo, una calva roja quemada por el sol. Estos dos parecían concentrados en otro tema. Recorrían la ciudad, alejándose cada vez más del centro comercial en dirección sur.

La ciudad era inmune a lo que a mí me estaba pasando. El mismo tráfico, los taxistas y autobuses, vendedores callejeros, niños y sus madres cruzando las calles. Nadie miraba hacia dentro y mucho menos adivinaba en mi mirada lo cerca que estaba viendo el final de mi vida.

Íbamos pasando cerca del barrio donde vive mi madrina, cuando de repente sonó la melodía de mi celular. Era Carlos. El calvo miró hacia atrás, con unos ojos extraordinariamente azules y me dijo -Señora, coja la llamada y actúe normal. A la mínima señal de que está dando información, usted se apaga ¿Me oyó? -. La amenaza de muerte más amable que he recibido alguna vez.

- ¿Dónde andas? - me preguntó Carlos. -Hola amor, estoy comprando el regalo de cumple de Carlitos- respondí sin pensar demasiado, solo quería que pareciera normal. Pero para el cumpleaños de mi hijo mayor todavía faltaban seis meses y Carlos sabe que soy de las de hacer todo en el último momento.

Lo supo de inmediato, al fin y al cabo, estábamos mucho más conectados de lo que yo creía. -Estás secuestrada ¿Verdad? trata de darme una pista y, tranquila, de esta salimos-. El barbudo maloliente me hundía la pistola en la barriga -Si, lo que él quiere es la bicicleta esa que le vio al hijo de mi madrina ¿Recuerdas? He ido a un par de tiendas y no la encuentro, así que tardaré un poco-. -Estás cerca de la casa de tu madrina ¿Verdad? si vas hacia el norte dime cariño, si vas hacia el sur, llámame cielo-. -Vale cielo, nos vemos más tarde- y pulsé temblorosa el botón para cortar. El corazón se me iba a salir del pecho.
La conversación de los de delante iba de coger otro coche. Por lo visto, necesitaban dos para la operación que querían acometer. Entraron a un aparcamiento lleno y el calvo se bajó. En un movimiento discreto y rápido se metió en un deportivo negro. En menos de cinco minutos lo arrancó y salió del sitio. Salimos detrás de él, pero en otra dirección, hacia las afueras de la ciudad.

Entramos a un terreno vacío, por un camino de tierra. Ya la pistola no dolía, el barbudo había aflojado un poco la presión. Yo me preguntaba a dónde me llevaban, qué querían hacer conmigo, pero no me atrevía a hablar.

El coche paró y me ordenaron bajar despacio. La pistola ahora me apuntaba a la cabeza mientras me movía lento con dificultad. Mi cuerpo estaba casi paralizado. El hombre también se bajó, habló con su compañero sin dejar de apuntarme, y el coche arrancó.

Solo estábamos él y yo. Sus ojos de rabia, su barba y su boca sucias y yo. Un árbol en el medio de la nada y nosotros dos. -No me mates- me atreví a rogarle y, cuando iba a contestarme, le interrumpí con un coraje que no sé de dónde salió. “Tengo dos hijos pequeños. Nunca voy a delatarte, lo único que quiero es vivir. Si tienes que disparar, por favor dame un tiro en la pierna, pero no me mates. Te prometo que no diré nada. Por favor, no me mates, tú también debes tener hijos, también debes tener madre. Dispárame en la pierna, pero no me mates” y no pude contener más mis nervios. Comencé a llorar como una cría, con lágrimas, mocos y quejidos.

-Señora, cálmese, por favor- sus ojos parecían proyectar un poco de piedad. -Yo no voy a matarla, yo no soy un asesino. Señora, yo hago esto por necesidad, pero no soy un desgraciado-. -Hágame el favor y cálmese, no me obligue a hacer algo de lo que me arrepienta. Agradezca que no están aquí mis compañeros-.

Miré al horizonte, el sol estaba en lo más alto. No habrían pasado más de dos horas, aunque parecía una eternidad. Mis niños debían tener hambre. Carlos debía estar desesperado.

- ¿Cómo te llamas- le pregunté en un nuevo intento desesperado por alargar el tiempo? -No voy a decirle mi nombre, señora. Pero soy simplemente un hombre. Esta es la última vez que me meto en un atraco, se lo prometo. Yo no sirvo para esto. Con la plata que levante hoy, le juro que voy a arreglar todo. Voy a volver a la universidad, seré una persona de bien, como usted y su marido. Yo también voy a tener hijos-

-Te creo- le mentí. –Tienes cara de buena persona. Deberías aprovechar e irte ahora que puedes. Si a tus compañeros los pillan, la policía vendrá aquí a buscarte y no podrás tener esa vida que quieres. Es tu oportunidad de no ir a la cárcel, aún no has hecho nada y yo te aseguro que no voy a delatarte. Diré que no pude verte la cara. Vete muchacho, comienza de nuevo ahora mismo-.

Se quedó pensativo y bajó el arma. Una lágrima gruesa le bajó lentamente hacia la barba. –Usted tiene razón. Usted debe ser un ángel que me mandó Dios. Voy a hacerle caso. Voy a irme, pero necesito que se dé la vuelta. No quiero que vea hacia dónde voy. Cuente hasta cien despacio y después puede llamar a su marido-.

-Está bien, voy a darme la vuelta, pero por favor no me mates, por favor, por favor- le supliqué mientras giraba todo mi cuerpo para darle la espalda. Mi corazón volvía a ponerse a mil mientras contaba en voz alta– cien, noventa y nueve, noventa y ocho- sin saber si era una cuenta regresiva hacia la muerte. –Noventa y siete, noventa y seis, noventa y cinco-. Escuché algunos pasos. Parecía que se aleja, pero los pasos se detuvieron. Quizás se está colocando para no fallar. –noventa y cuatro, noventa y tres, noventa y dos-. Los pasos se reanudaron, alejándose cada vez más. Dejé de oír los pasos. No me atrevía a mirar. –Noventa y uno, noventa- y así hasta el cero. Me dí la vuelta y el hombre ya no se veía. Abrí bien mis ojos. La pesadilla se había acabado. Respiré profundo antes de coger el teléfono.

Escrito el 27/04/2017



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