04 enero 2019

El Caso

Cuando yo era niña y me preguntaban qué quería ser de mayor a veces decía doctora, otras abogada y otras maestra. Pero lo que realmente quería ser era detective. Y eso no podía decírselo a nadie. Si todo el mundo lo hubiese sabido, habrían estado atentos y no me habrían dejado investigar. Mi casa quedaba en un edificio frente a la playa. Además de cocoteros, en la playa había árboles de uva de playa, de esos que crecen con ramas muy torcidas y casi en horizontal. En uno se estos elegí una rama lo más alto que yo era capaz de escalar y la convertí en mi refugio secreto. Cuando la gente piensa en refugios, siempre piensa en cuevas o recovecos de difícil acceso. Las ramas están a la vista de todos, pero normalmente la gente no camina mirando para arriba. En mi rama había una ranura natural, en la que yo guardaba una libreta y un lápiz envueltos en una bolsita plástica, por si llovía. Cada que vez que podía, llevaba cosas a la rama, como una pequeña lupa de plástico que cogí en una piñata y una moneda de un cuarto de dólar, que me podría sacar de un apuro en un momento dado. Un día, al llegar del colegio, vi que el techo del estacionamiento estaba roto. Aunque los puestos para los coches eran privados, estaban en la superficie y no había paredes. Unas vigas amarillas, desconchadas por el salitre, sostenían el techo ondulado de asbesto. Las plazas estaban separadas por unas rayas, también amarillas en el suelo de asfalto negro. Al techo le faltaba una porción grande del borde. Parecía que algo muy pesado había caído del edificio y le había arrancado el pedazo. Cuando bajamos del coche había un grupo de gente conversando cerca, pero ni se veía el trozo de techo que faltaba, ni ningún objeto grande y contundente. Mi padre y yo nos acercamos a ver, pero uno de los vigilantes de seguridad le hizo una mueca a mi padre, que me miró y me hizo una señal para subir a casa. En el ascensor dijo “debe haber sido el viento de esta mañana, que estaba muy fuerte”. Yo no le creí, pero le seguí la corriente. Había decidido que investigar lo que había pasado y no podía levantar sospechas. Después de comer, hice mis deberes y bajé con la excusa de jugar con mis amigos, pero en realidad quería ir a la rama a buscar mis herramientas. Metí la libreta y el lápiz en mi bolsito de cuero marrón, me acerqué al puesto de los vigilantes y les pregunté inocentemente si creían que mañana haría mucho viento porque pensaba salir a volar mi cometa nueva. Uno de ellos me dijo lo que sospechaba, que esta mañana estuvo bastante tranquila y suponía que mañana estaría igual. “No son días de mucho ventarrón” agregó el otro. Fuerte viento descartado, anoté en la libreta, y me dirigí al estacionamiento, a observar bien la forma del roto. Era alargada, no parecía de un televisor o una lavadora. Observé detenidamente el suelo por si encontraba algún resto del objeto en cuestión, pero solo pude ver que esa parte del suelo estaba más limpia que las demás. Habían echado lejía o algo fuerte que aún olía. El objeto caído manchaba, apunté en mi libreta. Miré hacia arriba y la fachada del edificio parecía intacta. No se veía ninguna ventana rota, al menos hasta donde llegaba mi vista. Me fui de nuevo a la playa a pensar. En uno de los bancos vi a dos madres conversando bastante exaltadas. Cuando me acerqué a saludar, interrumpieron repentinamente la conversación y comenzaron a hablar en alto sobre el calor que hacía. Muy sospechoso. Dije que mi madre me había mandado a la tienda. Pero en lugar de seguir, una vez que me perdieron de vista, volví por detrás a un punto cercano donde podía escuchar un poco la conversación. “Dicen que su novia lo había dejado” escuché decir a una. “No sé”, respondió la otra, “también es muy duro lo de la enfermedad de su madre”. “Sea lo que sea, el pobre no pudo aguantar”. Quedé muy confundida, no sabía qué apuntar en la libreta. Es más, no sabía si hablaban de lo que yo estaba investigando. Decidí apuntar posible persona deprimida implicada en el hecho. Ya no sabía qué más hacer y fui al parque a buscar a mis amigos. Tampoco quería que se les escapara frente a mi madre que no me habían visto esta tarde. Vi a Marco y Carlos que jugaban un poco al fútbol, como con desgano. Marco vivía en el cuarto y Carlos en el octavo. Me usaron de excusa para parar el balón. Marco comentó que esta tarde al llegar del cole, había visto a la policía entrar a la casa de sus vecinos. Allí vivía un chico mayor, de unos 20 años y sus padres. ¡Bingo! pensé, esa señora estaba muy enferma. Esto debía estar relacionado con lo que las madres hablaban en la playa. Al otro día, de camino al cole, escuché en la radio que un joven se había suicidado al lanzarse del cuarto piso en…y de inmediato, mi padre cambió a una emisora con música y se puso a silbar. Yo no tenía mi libreta para apuntar. Solo podía mirar al frente con los ojos muy abiertos. Estaba asombrada, triste y alegre. Me sentía orgullosa de haber resuelto el caso y, a la vez, apenada por lo que había descubierto. Sin duda, sería una buena detective, pero ya no estaba tan segura de querer serlo. Ese día me di cuenta de que la verdad a veces duele. 05/03/2018

4 comentarios:

  1. Welcome back, Busaquita! La verdad duele, sin duda, pero siempre necesaria. Besos.

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  2. Cual aguijón, tan doloroso como real (el hecho y tu texto). Eres la mejor.

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  3. Gracias por escribir la hirma, siempre disfruto mucho leer tus historias!

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  4. Qué alegría leerte de nuevo !!! Hay belleza en lo que escribes, hasta en las cosas más tristes... Beso, amiga.

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