03 abril 2019

El muro

“Delayed”, pone la pantalla. Y pienso que tampoco es tanto, solo media hora más. Todos los papeles están en orden: cartas de invitación y seguros de viaje. He tenido que pagar un dineral para que mis padres puedan venir a visitarme. A mi país, al que se supone que es mi país. Al menos eso dice mi pasaporte. Pero no, no soy una más. Nací allí, del otro lado del charco. Un charco que es como un enorme muro y nos separa. Aquí los que nos preocupamos porque en el metro hay huelga, allí los que han dejado su trabajo porque gastan más desplazarse de lo que ganan al mes. Aquí todos pendientes del mundial de fútbol, allí todos pendientes de la hora a la que van a cortar la luz. Aquí eligiendo la marca de leche que más nos gusta, allí rogando por tener leche.
Ya es la hora. La gente se amontona en la puerta uno del terminal uno del Aeropuerto Adolfo Suárez de Barajas. Nos reconocemos. Intentamos disimular, pero sabemos de esa ansiedad compartida. Cada vez que se abren las puertas, todos retenemos el aire durante un segundo. Esos que salen ahora no son de nuestro vuelo. Vienen frescos y con maletas pequeñas, despreocupados. Si alguien los espera, el saludo es un simple abrazo, casi frío. Me fijo en detalles tontos para no pensar, como que las ruedas de las maletas se atascan al cruzar las puertas porque hay una irregularidad en el suelo.
Sabemos que los nuestros vendrán delgados, con cansancio viejo. Cargados con maletas enormes que procuran comprimir toda una vida. Rezo como hace tiempo no lo hacía. Diosito, por favor, que los dejen pasar. Le pido que el funcionario de turno haya follado anoche, porque de su polvo depende nuestro futuro.
A mi alrededor las conversaciones se parecen unas a otras. Me voy moviendo para constatarlo, sin dejar de mirar a las puertas que se abren automáticamente cada vez que alguien llega. “Estuve un tiempo trabajando en Vodafone”- le dice una chica joven a la otra –“pero ya encontré otra cosa, menos mal”. Por lo visto, se estaba comunicando con alguien que venía en el mismo vuelo, porque miraba el móvil y comentaba “ya pasó”, “está esperando la maleta”. Y claro, en el aeropuerto hay wifi, pero mis padres estarán concentrados en papeles y equipaje.
Son las 11:30, empiezan a salir. Lo sé porque los de este lado no pueden esperar a que el visitante acabe de atravesar la puerta. Corren y se estrechan en abrazos infinitos. Abrazos de recuperar los años perdidos, los cumpleaños por Skype y los días de las madres por whatsapp. Y lloran. Lloran de alegría, pero principalmente de alivio. Porque esta puerta es el último muro.
Una mujer joven y alta abraza a una señora menudita. “Mami, mami, por fin, por fin”, repite y se me antoja que se encoge para acurrucarse en los brazos de la anciana, mientras el que parece ser su marido hace un vídeo con el móvil. Ambas mujeres intentan sonreír para la pantalla y el resultado es una mueca agridulce.
Un ramo de rosas se apretuja entre las manos de un chico que se balancea y espera. Podía haber traído flores para mi madre. Soy un desastre. Varios niños corretean entre piernas que se mueven inquietas. Una mujer no aguanta y se cuela cuando la puerta se abre, para salir un minuto más tarde acompañada de un Guardia Civil que la sermonea.
La mujer que está a mi derecha, de unos 50 años, habla animadamente con un señor. Ambos miran de forma alterna a la puerta y a su interlocutor. Ella se dedica a limpiar un bar por las mañanas y a cuidar a una señora mayor por las tardes. Parece que se conocen de su vida anterior, de la universidad. Son ingenieros. Él en Madrid es el encargado del restaurante de su hermano.
Oigo las conversaciones para distraerme porque la posibilidad es real y se me cuela en el pensamiento ¿Qué pasa si el funcionario o funcionaria de turno dice que no entran? ¿Qué pasa si los llevan al cuartito ese para pasar la noche y devolverlos al día siguiente? No, me digo, y espanto la idea con una sacudida de cabeza.   
El chico de las rosas ve a su novia asomarse a las puertas y corre a abrazarla. Se hacen un lío entre los besos, las rosas, la maleta y la gente que quiere pasar. El muchacho hace malabarismos para sacar una cajita de su bolsillo. Es un anillo. La novia transforma la palidez de su rostro en asombro y, de nuevo, lágrimas. Todos aplaudimos durante unos segundos y alguien grita “que vivan los novios”.
Solo llegan personas muy mayores o muy jóvenes. Padres visitando y estudiantes que han abandonado sus carreras para buscarse la vida. Llegarán al sofá de un primo o un amigo mientras encuentran algún trabajito. Veo adultos pidiendo la bendición. “Dios te bendiga” contestan los mayores. "Pide la bendición a tu abuelo", ordenan a los niños, que no entienden nada.
Son las 11:30. El grupo de los que aún esperamos se hace más pequeño y los nervios se hacen mayores. Uno se pregunta si será que hay mucha cola en inmigración, la otra opina que quizás esperan por el equipaje. Sale el familiar de las dos chicas de Vodafone. Un jovencito flaco y con ojeras que se obliga a sonreír. Se van y parece que flotan tranquilos. Me desean buena suerte.
Por fin veo el pelo blanco y abundante de mi padre. Menos abundante que hace dos años, la última vez que nos tocamos. Me veo corriendo yo también hacia la puerta. Miro a su lado para encontrarme con los ojos de mi madre ya vertiéndose hacia fuera. Mi padre ríe y me dice que estoy muy guapa, aunque ahora tenga el pelo gris. Nos fundimos los tres en un solo bloque indestructible y me doy cuenta de que hace un rato que no respiro. Aspiro fuerte y doy gracias a Dios. No voy a ser de esas que rezan nada más cuando les conviene y luego se olvidan.
Una señora nos pide paso y advertimos que estamos en el medio. Comenzamos a caminar hacia fuera. Mis padres me cuentan la carrera de obstáculos de tres días que han tenido que superar para poder estar hoy aquí. “Ya se acabó”, les digo. Mi padre me mira y dice “gracias hija, siento que me acaban de rescatar de un secuestro”. Y entonces caigo en la cuenta de que ya estamos los tres de este lado del muro. Camino abrazada a mi padre, me pongo las gafas de sol y lloro en silencio.
Escrito el 18 de junio de 2018


1 comentario:

  1. Simplemente, precioso. Sentímiento escrito con pluma de Ángel.

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