08 agosto 2019

El tedio

No encontraba el momento para decírselo. Llevaba un tiempo sintiéndose así, pero no veía la ocasión. Él parecía no darse cuenta de nada. Seguía gastando los días como siempre. Despertador a las 7, con la misma melodía desde hace cinco años. Desayuno a las 7.30. Un café solo sin azúcar y dos tostadas con mermelada de melocotón. No de fresa, ni de naranja.

A las 8 un beso –que tengas buen día- y a la calle.  Llamada a las 12 para ver qué tal el día. Vuelta a casa a las 7 de la tarde. Un rato de tele, un canal, un programa. A las 9 cena, fregar y a la cama a leer un rato antes de dormir. Libros de historia. Los títulos de los libros era lo único que cambiaba. 

Él parecía feliz con esta vida, no se quejaba nunca y silbaba en la ducha. Ella se aburría y trataba de hacérselo notar. Últimamente estaba irritable, se enfadaba por tonterías. Él aceptaba y callaba. La abrazaba y le pedía perdón por lo que fuese. Ella se sentía culpable. Esas pequeñas discusiones eran la única pausa en la rutina.

Los fines de semana hacían la compra, daban algún paseo, una cena de vez en cuando, un cine o una salida al teatro. 

Este sábado celebraban el quinto aniversario. Él consideraba muy romántico ir cada año a la misma pizzería donde cenaron juntos en la primera cita, cuando él aún conservaba algo de pelo y ella adoraba todos sus gestos.

Ella estaba decidida a romper esa noche con la monotonía. Le diría que estaba harta de lo previsible. Le haría saber que ya no aguantaba más. Le informaría de que esta era la última vez que pisaría esa pizzería rancia, con los mismos paisajes de la toscana queriendo descolgarse de las paredes de una buena vez.

Llegaron a las 9 en punto, un poco más arreglados de lo habitual, lo cual también era habitual. Ahí los esperaba Fabrizio, el dueño, con el pelo aún más blanco que el año anterior y la misma amabilidad de siempre. A ella antes le parecía un amor, ahora le resultaba pegajoso. Sin embargo, disimuló con la mejor sonrisa que pudo.

Se sentaron, por supuesto, en la misma mesa cerca de la ventana que da a un patio interior de un edificio antiguo. Estaba, como siempre, cubierta por un mantel de cuadros rojos y blancos a punto de deshacerse de tanto lavado. Sobre la mesa, un pequeño jarrón de loza blanca con una rosa roja, puesta especialmente para la ocasión, al igual que en los últimos cinco años.

Él pidió la botella de lambrusco tinto acostumbrada. Ella cogió la carta para no tener que mirarle a la cara. En un arranque de audacia, le dijo que este año pediría pasta, que no le apetecía compartir la pizza caprichosa de todos los aniversarios. Él, un poco contrariado, le dijo que estaba bien.-Lo importante es celebrar y verte feliz- . Ella tragó grueso y se le aceleró el pulso. Volvió a forzar una sonrisa. 

Respiró aliviada al ver al viejo Fabrizio acercarse con la botella y tres copas, una para él. Sirvió vino para todos y brindó por esta hermosa pareja que será para toda la vida, no como los jóvenes de ahora. Ella brindó con una nueva sonrisa de utilería.  

Cuando volvieron a quedarse solos, él le tomó el rostro con sus manos y le dio un beso en los labios sin pronunciar palabra. Se le aceleró el corazón. 

Nuevamente fueron interrumpidos. Esta vez por un camarero joven que no habían visto nunca, dispuesto a tomar nota. Ella se sorprendió y pensó que algunas cosas sí cambian. Pidió su atrevida pasta. Él, en lugar de la pizza caprichosa, pidió un calzone. Ella abrió los ojos muy grandes, pero él no se percató.

Ella volvió a recordar la conversación que debían tener esta noche. Recordó el hastío. Esos días que parecían clones unos de otros. Su corazón volvió a galopar y a resonar muy fuerte, tanto que creyó que podría oírse en el patio contiguo. Sentía el peso del tedio en todo su cuerpo, en toda la estancia, en todo el edificio y, de repente, oyó un fuerte crujido encima de sus cabezas.  Vio cómo caían pequeñas piedras a la mesa. Ambos miraron hacia arriba y vieron como el techo se resquebrajaba. -El peso del tedio- pensó ella, incapaz de moverse.

Él, en cambio, hizo una especie de salto imposible por encima de la mesa para protegerla con su cuerpo. Se tiró al suelo con ella debajo, sin aplastarla, y se arrastró hasta alejarse unos cuantos metros de la zona donde ya el techo comenzaba a desprenderse a pedazos. 

Una vez fuera de peligro, él se echó a su lado jadeando. Le tomó una mano y se la apretó como asegurándose de que seguía ahí. Se miraron a la cara y ella sonrió, esta vez con una sonrisa de verdad.  Él, con los ojos empañados, le dijo “mientras tú sigas sonriendo, por mí el mundo puede caerse”. Ella lo abrazó con todas sus fuerzas y le dijo al oído “vamos a casa, es hora de tu programa”.

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