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Mostrando las entradas de agosto, 2006

Sofía

El padre Jacobo dice que no, pero yo estoy seguro de que he estado en más bodas que él. Dice que ese es su trabajo, que es cura y por eso me gana. Cosa que no es cierta, yo también trabajo en bodas, y no sólo en las católicas. He cantado en matrimonios evangélicos, protestantes, mormones, judíos y últimamente me estoy llenando con los gays. La gente dice que tengo buena voz, y es verdad. Aún así, más que por la voz, los anfitriones me contratan porque tengo chispa. Si, chispa. Siempre se me ocurre algo qué decir en el momento preciso y todos se ríen. Además, aguanto muy bien a la gente que le entra la vena artística después de tomarse dos cervezas. Yo toco la guitarra y ellos se desgañitan, ahí aprovecho para pensar en mis cosas y me pongo la máscara de la sonrisa. A Sofía la conocí en una de esas bodas. Como siempre, los amigos de unos amigos habían decidido ser originales y casarse en la playa. Ella con flores en la cabeza, él con camisa blanca de algodón. Querían que les cantara una...

El hogar*

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Mi casa no está muy limpia, pero en mi habitación hay una pared azul, con estrellas y una luna que brillan en la oscuridad. Sólo hay tres sillas en el salón, pero hay cojines de colores y tapices güajiros en las paredes. A veces también hay niños preciosos gateando en el suelo y haciendo sus ruiditos. No hay calefacción ni aire acondicionado, pero a la gente le gusta refugiarse en ese salón oscuro, que también tiene una luna y una lámpara de lava roja. Todas las mañanas huele a café con canela. Algunos domingos a perico y arepa. Hay miradas y sonrisas atrapadas en tantas fotografías, flores de colores que giran en los balcones y vainilla en forma de velas. Falta el dinero, la mayoría de las veces, pero sobran (si es que eso puede sobrar)las letras, el cine y la música. En mi casa cada quien opina lo que quiere. No hay censuras, y sí muchos abrazos. Mi casa no es mía, pero su dueño jamás tendrá lo que tengo yo, un hogar. *Gracias, Pili, también haces que así sea.

No-aniversario

Te amo es la introducción. Esa frase la inventé yo, la sentí yo. Esa y tantas otras y el "todavía" de Benedetti, y la colección interminable de cursilerías que aún hoy no me dan vergüenza. Tu sonrisa la dibujé con mi dedo, como Horacio la de la Maga en el capítulo 7. Tus canciones sin sentido siguen en un cajón transparente, que está siempre por donde tengo que pasar. No lo sabes pero estás. Porque "siempre es corto". A pesar de tus no-tequiero, feliz no-aniversario.

El Fotingo (II)

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Después de obtener la aprobación de Don Arquímedes, los dos jóvenes me sacaron de ahí, recogieron las pocas piezas que aún quedaban tiradas en los potreros y me llevaron a un taller mecánico en Maracaibo. El taller pertenecía a un hombre alto y delgado, a quien llamaban "El Maestrico" por su inigualable habilidad para arreglar todo desperfecto mecánico. El Maestrico era muy amigo de Joaquín y Mingo, y esperaba con ansias la llegada del carro que iba a recorrer las Américas. Incluso le avisó a un grupo de amigos, quioenes se juntaron a esperarme. Cuando ví a toda esa gente, me sentí importante por primera vez en mi vida, aunque pasé una gran vergüenza. No me había dado cuenta de que, sobre mi motor se había pegado lo que en machiques llaman "cacure" que no es más que un nido de abejas. Todo mi público tuvo que salir corriendo cuando me movieron para bajarme y se alborotaron los insectos, incluso alguien dijo "¿Y ustedes piensan viajar a Eastados Unidos en una ca...

El Fotingo (I)

Me llamaban Fotingo, aunque el nombre me lo dieron a los 19 años. Nací en 1928, en Detroit, Michigan. Fue un parto múltiple, al lado había muchos como yo. Estaba recién nacido cuando un hombre de mi país, Estados Unidos, me llevó a un país del Caribe, Venezuela. A mí me habría gustado conocer al menos las carreteras de mi lugar de nacimiento. Y no es que no me gustara vivir ahí, en América del Sur, pero hacía demasiado calor y mi radiador tenía que hacer maravillas para sobrevivir mientras llevábamos a la gente de Maracaibo a Machiques, en una época en la que era muy difícil llegar aunque los dos lugares estuviesen en el mismo estado, Zulia. Con toda esa actividad me fui deteriorando poco a poco y decidieron venderme al propietario de una hacienda. Me humilló el poco dinero que pidieron por mí, juro que mi motor estaba en perfectas condiciones. Pronto descubrí las intenciones de mi nuevo dueño, un hacendado muy trabajador y con un fuerte carácter, de apellido Romero. Me desarmó. cada p...