Déjate llevar
Se lanzó a caminar por la calle sin destino. Un calor abrasador en el pecho la empujaba. No era un paseo, no estaba contemplando nada a su paso. Solo quería huir de la estupidez, como quien escapa de una fiesta incómoda. Pero la estupidez no es una fiesta. Embriaga, sí. Y está dentro. Te persigue. Tampoco se puede vomitar la estupidez. Aunque revuelva el estómago, incordiando. Le gritó que se iba. Que estaba harta. Y sus pasos escalera abajo no dieron tiempo ni a un portazo. Sin rumbo. No quería decidir si a la izquierda o a la derecha. Así que caminó recto, todo el tiempo recto. Llegó a la avenida y la cruzó. Llegó al parque y se internó en él. Pasó por delante del estanque, de las rosas, del espectáculo de marionetas. Siguió de largo, no los vio. No sintió el aroma de las castañas asadas. Salió del parque y rodeó la glorieta, pasó delante de la panadería sin mirar. Sin oler los pasteles recién horneados. Los perros se apartaban. Parecían percibir el calor. Los perro...