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Vía ex tinta

Tus labios en los míos me despertaron por la mañana, cuando aún no había salido el sol. Extrañamente, no me asusté. Sentí cómo tu saliva entraba por mi boca y se colaba en mi garganta suavemente, sin ahogarme, rozando mi lengua. Dejando ese sabor conocido y casi olvidado.  Porque tú ya no estás, tú has muerto y no sé cómo es posible que me hayas besado y que te estuvieras escurriendo hacia mi estómago, despertando las mariposas cursis y marchitas que aún quedaban pululando por dentro. Decidí no entenderlo y disfrutar del viaje de tu saliva, que seguía su camino hacia las profundidades del cuerpo. Como un río que se divide en riachuelos, continuaba corriendo, a toda prisa, hacia abajo, hacia el sexo, despertando temblores enterrados.  Pero también circulaba hacia las piernas. Y los brazos. Un torrente de saliva, especialmente caudaloso, se dirigió hacia mi brazo derecho y llegó a mi mano provocando un intenso hormigueo, casi insoportable. Y explotó.  Tu saliva inquieta den...

Hacer la visita

  Acaban de llamar de casa de Mercedes para avisar que se murió Pancho, a sus 20 años. La pobre no para de llorar, con un llanto de esos sonoros, imparables. A pesar de lo mucho que nos queremos, yo no sé cómo consolarla porque la verdad es que yo odiaba al mardito mono desde el día en que lo conocí.  Era la primera vez que iba a visitarla, a conocer a su familia. Vivían en un barrio bueno, de casas antiguas, amplias, con porche de entrada y patios muy verdes. Así que me corté el pelo, me eché colonia de la de ir a fiestas, lustré mis únicos zapatos de salir y me puse mi guayabera blanca nueva para causar buena impresión.  Pancho estaba por ahí, con su pelaje marrón oscuro, sus orejas respingonas y unos ojos enormes color miel, atado por la cintura con una correa muy larga. Saltaba de un lado a otro entre los árboles del patio, de mangos y aguacates, cómo si de un niño pequeño se tratara. Tenía una extraña habilidad para no enredarse. No reaccionó de inmediato al verme. S...

Maracaibo en la noche

La felicidad radica en usar zapatos cómodos, según mi madre. Yo pensaba que eran cosas de la edad, pero esa noche lo tuve claro. La ciudad parecía haberse olvidado de sus miserias y se mostraba presumida con las luces de colores adornando las principales avenidas. Santa, trineos y renos, tan lejanos a nuestra caribeña realidad, sonreían a lo largo y ancho de Bella Vista, las Delicias y 5 de julio. Eran cerca de las dos de la madrugada cuando decidí largarme del local. Solo había tomado una cerveza. Un grupo de rock tocaba en directo, alumbrado también por luces de Navidad. El aire acondicionado soplaba agotado, la gente bailaba y sudaba. Yo estaba ahí de pie, saludando con un gesto a los conocidos que pasaban, sola. David no se había fijado en que llevaba vestido nuevo y sus adorados zapatos de tacón. Después de un saludo frío, siguió con sus cosas. Yo ya había perdido mis ganas de perseguirlo y, sin despedirme, salí de ahí y me subí al carro. Me iba a casa sin tristeza. Esa noche me d...

El italiano

¿Y a quién se lo voy a dejar? ¿Al italiano?  Así decimos en mi casa cada vez que compramos algo y lo estrenamos inmediatamente, de fiebrúos. No somos capaces de esperar, incluso a veces nos llevamos puesto lo que sea que acabamos de adquirir desde la misma tienda. En Machiques, el pueblo de mi padre, había un matrimonio adinerado que vivía cerca de la casa de mi abuela. Siempre compraban cosas finas y ropa de marca, pero el señor lo guardaba todo. Tenía un armario de esos de madera marrón oscura, antiguo, lleno de camisas de lino, pantalones de todos los colores, zapatos de piel y sombreros elegantes. Todo sin estrenar, a la espera de ocasiones especiales. Un buen día, al pobre hombre le dio un infarto y con él se esfumaron las tales ocasiones. En el armario quedó el montón de ropa, con sus etiquetas y sus bolsas de diseño. Otro buen día, la viuda volvió a casarse. Con uno de Milán. A partir de ahí, se vio al italiano en la panadería, en la misa, en la plaza y en la feria del...

Blackaman

  Cuenta Mamachela que cuando ella era joven el sol salía a una hora, brillaba por un tiempo determinado, y luego se ocultaba dando paso a la oscuridad, que se llamaba “noche”, y duraba como ocho horas. Los días no se contaban, como ahora, solo por una sucesión de horas, sino que había manera de saberlo sin mirar el reloj. No sé si creerle porque ya la pobre chochea. Mi mamá dice que muchas de las cosas que cuenta son verdad, que ella las vio de pequeña. Pero otras claramente se las inventa. Dice que el gobierno, antes de empezar a racionar la luz del sol, empezó por otras muchas cosas que, por lo visto, antes eran libres y abundantes. Por ejemplo, asegura que siempre había luz eléctrica en las casas y que la gente planificaba lo que iba a hacer cada día. También afirma que la gasolina para los carros se compraba libremente y que era barata. Por eso ella fue capaz de recorrer todo el país, sin que su familia fuera parte del régimen.  Hablando de gasolina, el otro día en la aca...

No estaba muerto, estaba de parranda

Los cuatro amigos decidieron irse de juerga, en lugar de  quedarse a reposar  en tumbas  oscuras y húmedas  para ser adorados.  Su trabajo estaba hecho , ya habían dejado  gran  legado a la humanidad  y de ello eran testigos todos los museos y bibliotecas del mundo.   En vista de que no todos  pudieron coincidir en vida, Lope, Diego, Pedro y Francisco decidieron hacerlo en muerte.  Madrid nunca duerme y ellos, madrileños por nacimiento o por adopción,  no tenía n ningún interés en el descanso eterno.   Por supuesto, s e llevaron con ellos sus osamentas y sus cabezas. Porque sin huesos es muy difícil escribir y pintar. O bailar,  beber y cantar,  que es lo que se hace en las fiestas.    Aprovechando que e ra  el mes del santo labrador  y que Francisco la conocía  de sobra, consideraron que la Pradera de San Isidro sería  el  sitio ideal  para dar inicio a la celebración,...

Adrenalina Caribe

Por fin salió el sol. Llevan tres días sin poder salir de la cueva por culpa de la tormenta. Están hambrientos. Pedro está muy cansado. Le parece mentira tener que pasar su cumpleaños en este sitio. Son 50 años y pensaba celebrarlos a lo grande en el crucero, bebiendo, bailando, quién sabe si con alguna nueva amiga. Pero aquí está, muerto de hambre y acompañado de un completo desconocido. Miguel, mucho más joven, también siente la falta de comida, pero aún le quedan energías. “Vamos, compañero, hoy tienes que invitarme a una cerveza” dice para animar a Pedro, quien pinta una mueca en un esfuerzo inútil por sonreír. De repente, ven un montoncito de cocos y empiezan a saltar como locos. Quién les iba a decir en su vida anterior, que un día desearían tanto un coco, como no fuera para una piña colada. Esa vida que transcurría inconsciente hace tan solo una semana. Miguel coge la piedra que lleva días afilando y se pone manos a la obra. Pedro se queda mirando al horizonte y recuerda...