Larita
Sonó el timbre de salida y fui a esperar que pasaran a buscarme. Me pareció raro ver que llegaba mi tía Maritza, ella no era quien normalmente me recogía en el colegio. ¿Adivina qué tuvo tu mamá? –me dijo- y yo, con los dientes apretados, deseando que se hicieran realidad mis deseos, le respondí “hembra”. Han pasado 26 años de ese momento, pero yo lo recuerdo tan nítido como si hubiese sido ayer. Fue un de esos pocos instantes de felicidad absoluta, en los que crees que no puedes esperar más de la vida. Puede ser que no me acuerde de muchas cosas, que tenga una memoria desastrosa. Pero de esa enanita con cara gordita que dormía enrollada boca abajo, tendré la imagen siempre. Hermosa, sonriente, parlanchina. Era como mi muñeca. Si lograba dormirla, era una hazaña. Enseñarla a leer, una de mis grandes victorias. Como ella, que es una Victoria de la vida. Cachetes y risa, pipiola, coro cora, cambur con miel, tajadas con chizwiz, mandocas y tequeños con salsa de tomate. Sabia li...