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Mostrando las entradas de mayo, 2011

Lucía

Si antes fui capaz de dar mi corazón completo y en trocitos a quienes me habían querido y a quienes no. A los que venían o se iban amigos pequeños mentores compañeros amores gentes buenas y malas Hoy que has venido con tu enorme luz de cocuyito con esos ojos negros y esas manos Que me miras desde la imagen con tu carita recién llegada asombrada curiosa más hermosa que todo lo que he visto Lo que queda de él de mi corazón con sus remiendos cicatrices abultamientos abollamientos dulzuras y amarguras es todo para ti Lucía

El amigo secreto

Todo empezó con líneas. Ella le entregó las suyas a ese desconocido. Él las tomó con delicadeza, se sumergió en ellas y decidió intercalar las propias en ese entramado desastroso. Literaria, epistolar, de frases instantáneas, la suya era una amistad que bailaba sobre palabras cuidadosamente escogidas o impulsivamente escupidas en todos los matices tonales. Los acentos intensificaban los sonidos, los signos de puntuación les entregaban silencios y sus respectivas imaginaciones se encargaban de los gestos. Sólo tres conversaciones cara a cara, de las que ella recordaba: la publicidad del Aleti, los finales de Vargas Llosa y Pérez Reverte, y su cariño por la gente de ese otro lado del charco que “viven la vida, ríen intensamente, sufren intensamente, aman intensamente y odian a 500 dólares por vida” o menos… Esa amistad era sólo de ellos. Porque en la vida real eran otra cosa. Estaban en el mismo mundo, pero en distintas altutides y latitudes. Él en la cumbre, rodeado del frío...

Justo antes

El tiempo es tan inasible, impalpable y vaporoso que los momentos de felicidad pasan como una ráfaga. Dejan, como mucho, el dibujo de una sonrisa en el rostro, ansiedad porque se hagan eternos e incluso, a veces,  cansancio. Por eso d isfruto tanto del final de nuestros encuentros , la frontera entre tenerte y no tenerte: ese minuto de camino j usto antes de desearnos un buen día; ese lapso de duración indefinida que transcurre al filo de la inconsciencia cuando estamos a punto de quedarnos dormidos y las caricias se hacen leves y lentas porque el cuerpo ya no responde; el instante de silencio al otro lado de la línea telefónica cuando sabemos que no hay nada más qué decir; la postdata de besos antes de  alejarme por unos días. El amor que siento en esos ratos de inminente adiós es tan fuerte, que quisiera seguir despidiéndome de ti  una y otra vez, para sentirlo siempre.  Y, a la vez, desearía no tener que volver a hacerlo.