Ayer, mi niña grande se marchó de su casita de San Bernardino; y cuando el taconeo marcó camino de la calle, la taza comentó el triste detalle de una lágrima caida en el café; a lo cual dijo el platillo: yo lo sé, pues otra lágrima saltó sobre mi borde y la mesa, concorde, dijo a los dos: la tuve reclinada y le vi humedecida su mirada con mil preguntas de por qué pintadas en su frente y mejillas, oyendo ésto, confesó la silla: yo he soportado el peso de su alma con un derrumbe de soledad, sin calma, más gravitante que su cuerpo leve, y cada loza donde pisa y mueve la sombra sobre el piso, ratificó que no sentía el hechizo de su rauda pisada trotona, alborozada de pájaro entre ramas. También la suave almohada de su cama dijo saber qué pasa, "Ella llora, me abraza y tantea al lado mío el espacio vacío del frágil amor ido". ...Yo, que conozco el nido de mi pájara-niña supe todo por el modo en que me guiña cada objeto que calla, pero entre su silen...