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Pinche Pepe

En 1999 sus 26 años de vida llegaron asustados a un salón de clases en un país del primer mundo. Venían llenos de expectativas y de ganas: Europa, la comunicación, la gente de diferentes partes del mundo, más de 600 días por estrenar. Yo, con un año menos, aterrizaba en la misma aula de la Complutense, igual de insegura e ilusionada. Él era (y sigue siendo) muy tímido, callado, observando con esa mirada sabia que yo aún no logro tener. Yo, hablachenta, escandalosa, sin darme cuenta de nada. No nos hicimos amigos desde el primer día, teníamos poco en común para ello. Pero a medida que pasaban las jornadas estudiantiles yo fui capaz de ver lo que se ocultaba detrás de esos ojitos semicerrados, curiosos, buscadores, y él logró saltar por encima de mi superficialidad. Al principio le caí mal “pinche vieja sabionda”, porque critiqué su escrito, que tanto le costó leer en voz alta. Lo que él no entendía era que lo hacía porque me gustaba muchísimo. Hoy ya sabe que es uno de mis escrito...

El amigo secreto

Todo empezó con líneas. Ella le entregó las suyas a ese desconocido. Él las tomó con delicadeza, se sumergió en ellas y decidió intercalar las propias en ese entramado desastroso. Literaria, epistolar, de frases instantáneas, la suya era una amistad que bailaba sobre palabras cuidadosamente escogidas o impulsivamente escupidas en todos los matices tonales. Los acentos intensificaban los sonidos, los signos de puntuación les entregaban silencios y sus respectivas imaginaciones se encargaban de los gestos. Sólo tres conversaciones cara a cara, de las que ella recordaba: la publicidad del Aleti, los finales de Vargas Llosa y Pérez Reverte, y su cariño por la gente de ese otro lado del charco que “viven la vida, ríen intensamente, sufren intensamente, aman intensamente y odian a 500 dólares por vida” o menos… Esa amistad era sólo de ellos. Porque en la vida real eran otra cosa. Estaban en el mismo mundo, pero en distintas altutides y latitudes. Él en la cumbre, rodeado del frío...

Justo antes

El tiempo es tan inasible, impalpable y vaporoso que los momentos de felicidad pasan como una ráfaga. Dejan, como mucho, el dibujo de una sonrisa en el rostro, ansiedad porque se hagan eternos e incluso, a veces,  cansancio. Por eso d isfruto tanto del final de nuestros encuentros , la frontera entre tenerte y no tenerte: ese minuto de camino j usto antes de desearnos un buen día; ese lapso de duración indefinida que transcurre al filo de la inconsciencia cuando estamos a punto de quedarnos dormidos y las caricias se hacen leves y lentas porque el cuerpo ya no responde; el instante de silencio al otro lado de la línea telefónica cuando sabemos que no hay nada más qué decir; la postdata de besos antes de  alejarme por unos días. El amor que siento en esos ratos de inminente adiós es tan fuerte, que quisiera seguir despidiéndome de ti  una y otra vez, para sentirlo siempre.  Y, a la vez, desearía no tener que volver a hacerlo.

¿Estás?

Si supieras la falta que me haces, saldrías de ese lugar en el que decidiste esconderte quién sabe cuándo, y vendrías ahora mismo. Necesito tu vitalidad, tus risas, tu atractivo y sobre todas las cosas, tu seguridad. Te necesito a mi lado más que nunca. No recuerdo cuando fue que te perdí de vista. Te fuiste sin avisar, sin pedir permiso, aunque ahora que lo pienso, me diste un montón de señales que no supe o no quise atender. Porque tú y yo somos lo mismo y jamás te creí capaz de dejarme. Ahora pensaba que en un abrir y cerrar de ojos estarías de nuevo ahí, serías yo, como antes. Pero algo se rompió, se desgastó y queda una pequeña y lejana chispa que sólo alcanza para recordarte y dejar salir media sonrisa de mis labios. Te extraño. Se me agolpan las sensaciones en la boca del estómago y no sé qué hacer con ellas. Es algo muy físico, hasta duele un poco, me impide respirar bien y pensar con claridad. No hay más que eso, no puedo racionalizarlo. ¿Quién soy ahora si no está...

Palabras desechables

Miles de palabras con sus cientos de miles de letras y sus acentitos bien puestos, tiradas sobre papeles, teclados, lanzadas impunemente al viento para perderse. Para siempre. Se gastaron y no volverán. Queda un silencio práctico, útil, tan impropio de mí y tan necesario. Me queda eso para ofrecerte. Quizás el mejor de mis regalos. Si un día, un año de estos, te encuentras alguna de esas palabras o un grupo de ellas jugando, saltando sobre un parentesis a manera de comba, detente un momento y escúchalas. Al menos me quedará el consuelo de saber que no nacieron sólo para morir.