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EL QUEMAO (textos de Malupe, 2006)

No me eligieron. Este año, otra vez, mi nombre no está en la lista de la Gala gimnástica. Es normal, cuando hago la vuelta rinquin siempre caigo sentada y el plinto es mi peor enemigo. Eso me pasa por gorda y cuatro ojos. Tengo que quitarme los lentes para saltar, por eso nunca calculo bien. De todas formas, en la gala no se salta el plinto ni se hace la vuelta rinquin. Las niñas van todas tan bonitas, con sus faldas de colores y la cara pintada. Usan pompones, bastones, aros o pelotas. Soy muy responsable aunque sea mala en gimnasia. Además, siempre llego temprano. Entro a clases a las ocho, pero estoy ahí antes de las siete porque me vengo con unas que ya están en bachillerato. Tienen suerte las de bachillerato, sólo tienen que cantar el himno los lunes. En cambio nosotras, las de primaria, tenemos que darle, con ese sueño, al himno nacional, al del Zulia y al de la Virgen del Pilar. Es lo peor. Todas en fila mientras la hermana Claudina habla. A menos que te elijan para izar...

Última versión de mí (textos de Malupe, 2006)

Decepcionar a mi padre. Eso fue lo primero que hice en este mundo, un miércoles de 1974, a principios de octubre. Antes sólo se podía saber el sexo de los bebés al nacer, por eso mi papá decidió que su primogénito debía ser varón. No contaba con que su prole heredaría su mismo espíritu rebelde, incluso para venir al mundo. Me iba a llamar Víctor como él, pero ahora lo obligaba a buscar un nombre de niña. Tampoco contaba con que mis rizos negros y mi diminuto tamaño le derretirían el corazón. Ni que una de mis primeras frases fuera “papi lindo”, lo que yo creía que estaba escrito en todos los carteles de la ciudad. Hace treinta años que me pide perdón por no alegrarse tanto de mi nacimiento. Y hace también treinta años que llena mi vida de poesía, canciones, paisajes y sabiduría. Mi madre era la casa. Más que la casa, el hogar de todos, mucho más fuerte que las paredes y el techo, mucho más segura que las puertas y ventanas. Mucho más acogedora que cualquier estancia. Si el amor tuv...