Maracaibo en la noche

La felicidad radica en usar zapatos cómodos, según mi madre. Yo pensaba que eran cosas de la edad, pero esa noche lo tuve claro. La ciudad parecía haberse olvidado de sus miserias y se mostraba presumida con las luces de colores adornando las principales avenidas. Santa, trineos y renos, tan lejanos a nuestra caribeña realidad, sonreían a lo largo y ancho de Bella Vista, las Delicias y 5 de julio.

Eran cerca de las dos de la madrugada cuando decidí largarme del local. Solo había tomado una cerveza. Un grupo de rock tocaba en directo, alumbrado también por luces de Navidad. El aire acondicionado soplaba agotado, la gente bailaba y sudaba. Yo estaba ahí de pie, saludando con un gesto a los conocidos que pasaban, sola.

David no se había fijado en que llevaba vestido nuevo y sus adorados zapatos de tacón. Después de un saludo frío, siguió con sus cosas. Yo ya había perdido mis ganas de perseguirlo y, sin despedirme, salí de ahí y me subí al carro. Me iba a casa sin tristeza. Esa noche me di cuenta de que ya no lo necesitaba. 

Iba despacio por la Avenida Delicias escuchando a Fito Páez y su Mariposa tecnicolor. Además de los adornos navideños, el camino se iluminaba a ratos con el Relámpago del Catatumbo. No había casi tráfico. En la intersección con la calle 72, el semáforo en rojo me obligó a parar. Pero estaba tranquila, en la esquina veía estacionada una flamante patrulla de la policía regional, de las nuevas. 

“Todos yiran y yiran, todos bajo el soooool…se proyecta la vida…” el semáforo cambió a verde y yo, que conozco a los conductores de Maracaibo, miré a ambos lados, antes de arrancar, ya con la primera puesta. Solté el croche y apreté el acelerador. Un enorme carro viejo apareció de la nada por la 72 y rozó la esquina trasera de mi Fiat Uno verde. Apenas un toque, dudo que el chofer del mamotreto ese con ruedas haya sentido algo. Siguió su camino mientras que mi Fiat y yo girábamos como un trompo al ritmo de Fito, nos saltábamos la isla de la avenida y aterrizábamos a trompicones en el carril contrario por el que, milagrosamente, no venía nadie.

Cuando dejé de sentir que todo se movía, comencé a tocarme a ver si estaba entera. No veía muy bien, por el shock, por la noche, porque mis lentes habían volado. Pero parecía que todo estaba en su sitio: los dos brazos, las piernas, las orejas, la nariz. Un hombre moreno y pequeño abrió con dificultad la puerta, interrumpiendo mi labor de reconocimiento. Gritando “no te mováis, que te voy a sacar de aquí”, me cargó como a una pluma, con una fuerza que no le habría adivinado, y caminó conmigo a cuestas hasta la acera. De reojo pude ver que el carro estaba deforme y, mientras nos alejábamos, se oía “yo te conozco de antes, desde antes del ayeeeeer…”. La radio había sobrevivido y Fito también. Me depositó en el suelo cálido y rugoso. Insistió en que no me moviera y dijo que llamaría a una ambulancia. Se alejó y lo perdí de mi miope visión.

Mis manos se apresuraron a tapar mi cara cuando caí en cuenta de lo que acababa de pasarme y no pude evitar un llanto desconsolado. Y David sin enterarse, para lo que le importa. No recuerdo si pasaron segundos o minutos, lo que nunca olvidaré es que al separar mis manos solo veía barrigas y teléfonos celulares. “Mamita ¿queréis llamar a alguien? decime un número que yo te marco ¿estáis bien? ¿cómo te llamáis?” y yo sin saber qué decir, en esas jugadas de la mente cuando nadie la gobierna, pensaba en que solo había hombres, en que todos eran gordos y en que sus celulares eran idénticos. Tras un instante de duda, agarré uno de ellos y llamé a mis padres. Que no se asustaran, les dije disimulando el llanto, que el carro estaba destrozado, pero yo estaba bien y que me fueran a buscar. Por favor.

El policía de la patrulla estaba dormido y no le dio tiempo a apuntar la placa del que me chocó. Lo despertó el estruendo y solo pudo ver que era un Caprice marrón de los setenta y que iba esmollejao. El señor que me rescató era el vigilante del centro comercial Paseo 72, que lo vio todo en primera fila. Llegó la ambulancia y pude comprobar que todavía era capaz de levantarme del suelo. También corroboré que me faltaba uno de los zapatos y que el otro ya no tenía tacón. Cojeaba. El médico era blanquísimo, albino, contrastaba con la oscuridad y mi ceguera. Había un enfermero del que solo recuerdo una voz finita como de mujer. El doctor me pidió que le contara lo que había pasado, mientras el otro me tomaba la tensión y  me auscultaba. Le conté todo al Doctor White y vi mis raspones en piernas y brazos. El cuerpo empezaba a doler. Me regañó por beber una cerveza, nada de alcohol cuando vas a manejar, y me mandó a casa. Estaba “sana como una pera”. Obra del Niño Jesús, al parecer.

Me bajé de la ambulancia, descalza, y sentí con cierto placer el asfalto caliente en la planta de los pies. Me recibieron mis padres y algunos amigos que andaban de fiesta y se habían parado a averiguar qué pasaba ahí. Ya estaban convirtiendo todo en chiste: que si ya tenía carro plegable, que si se me curó la vista del tiro, que si yo tenía más vidas que un gato...El Relámpago del Catatumbo nos alumbró de nuevo un par de veces. Un Fiat destrozado, una ambulancia que se hace borrosa al alejarse, una patrulla parada y un grupo de gente riéndose a carcajadas entre Delicias y la 72. Yo seguía bastante aturdida y contenta de seguir viva. Decidida a no saber nada más de David, ni de los zapatos de tacón.

#CuentosdeNavidad


Comentarios

  1. En la calle no hará más de 5 o 6ºC, pero me ha entrado calor leyendo los primeros párrafos. Muy bueno

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