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Pinche Pepe

En 1999 sus 26 años de vida llegaron asustados a un salón de clases en un país del primer mundo. Venían llenos de expectativas y de ganas: Europa, la comunicación, la gente de diferentes partes del mundo, más de 600 días por estrenar. Yo, con un año menos, aterrizaba en la misma aula de la Complutense, igual de insegura e ilusionada. Él era (y sigue siendo) muy tímido, callado, observando con esa mirada sabia que yo aún no logro tener. Yo, hablachenta, escandalosa, sin darme cuenta de nada. No nos hicimos amigos desde el primer día, teníamos poco en común para ello. Pero a medida que pasaban las jornadas estudiantiles yo fui capaz de ver lo que se ocultaba detrás de esos ojitos semicerrados, curiosos, buscadores, y él logró saltar por encima de mi superficialidad. Al principio le caí mal “pinche vieja sabionda”, porque critiqué su escrito, que tanto le costó leer en voz alta. Lo que él no entendía era que lo hacía porque me gustaba muchísimo. Hoy ya sabe que es uno de mis escrito...

La gota

Con demasiada fuerza para ser tan sólo una gota de agua salada, la lágrima pugnaba por salir a través de mi ojo derecho. Párpados, pestañas y globo ocular, con iris y retina incluidas, no habrían sido capaces de detenerla de no ser por una vulgar pero decidida sorbida de mocos que la nariz no tardó en ceder como única salvación. Caminando desde el metro, el edificio del “Juzgado de Familia” fue apareciendo hasta convertirse en un ser autónomo que saltaba de frente, con su puerta bien abierta, para burlarse en la cara de todo aquel ingenuo que alguna vez creyó en aquello de “hasta que la muerte nos separe”. Ni siquiera una ingenua especial, sino una más del montón. Eso soy. Ni la estrategia del merengue ochentoso a todo volumen por los audífonos me evitó el escalofrío del fracaso, la lágrima que se esfuerza. La lágrima no salió, pero tampoco se dio por vencida. Entró impetuosa al cuerpo, esta vez con sed de venganza porque no había podido liberarse. Los abogados disfrazados de búhos con...

Adiós

Perdona si hoy no te pregunto cómo estás. No es que no me importe, es que hoy tengo el alma un tanto anestesiada. ¿Cómo te lo explico? no ha sido un buen día, chico. Mi corazón sigue latiendo. Y eso que se ha mojado, secado, ha sido arrugado, planchado y vuelto a arrugar. Se le ha derramado café encima, tiene huequitos de cigarrillo. Se ha roto en varias partes y lo he pegado con pega loca. Se ha rasgado y yo lo he remendado con hilo y aguja. A veces le he puesto parches de colores. Se ha caído al suelo, por eso está un poco magullado, con raspones y algunas cicatrices. Le faltan trocitos aquí y allá. Algunos los han robado, otros los he regalado con gusto. Otros se quedaron pegados a una poesía o a una imagen por la calle. Algunas partes se han hundido quién sabe porqué. Otras se han abultado. Tiene la belleza de todo aquello que ha visto pasar la vida por arriba, por abajo, por delante, por detrás, por dentro y por fuera. Es aún inocente porque le falta mucho por ver, oir, tocar, ole...