Hacer la visita

 Acaban de llamar de casa de Mercedes para avisar que se murió Pancho, a sus 20 años. La pobre no para de llorar, con un llanto de esos sonoros, imparables. A pesar de lo mucho que nos queremos, yo no sé cómo consolarla porque la verdad es que yo odiaba al mardito mono desde el día en que lo conocí. 

Era la primera vez que iba a visitarla, a conocer a su familia. Vivían en un barrio bueno, de casas antiguas, amplias, con porche de entrada y patios muy verdes. Así que me corté el pelo, me eché colonia de la de ir a fiestas, lustré mis únicos zapatos de salir y me puse mi guayabera blanca nueva para causar buena impresión. 

Pancho estaba por ahí, con su pelaje marrón oscuro, sus orejas respingonas y unos ojos enormes color miel, atado por la cintura con una correa muy larga. Saltaba de un lado a otro entre los árboles del patio, de mangos y aguacates, cómo si de un niño pequeño se tratara. Tenía una extraña habilidad para no enredarse. No reaccionó de inmediato al verme. Se acercó en plan simpático, sonrió pelando todos los dientes, parece que le gustaba recibir invitados. Pero bastó que viera mi mano en la de Mercedes para que su expresión cambiara. Lo juro. Me miró fijamente, cómo estudiándome, muy serio.

Se retiró al patio y volvió al rato con algo entre las manos. Yo estaba ahí sentado con Mercedes, sus padres y su hermana, tratando de parecer un buen chico.

Lo que Pancho traía era mierda. Si, mierda. El muy desgraciado se fue a hacer bolitas de sus propios excrementos para venir a lanzármelos a mí, cosa que siguió haciendo en cada una de mis visitas. Al menos en las siguientes ya yo estaba preparado.

“Pobrecito, está celoso” fue lo que atinó a decir Mercedes mientras trataba de aguantar la risa. Ese día, tiré a la basura mi orgullo junto a mi guayaberita recién estrenada.

Me da pena por ella, creo que lo echaba mucho de menos desde que vivimos juntos. Yo, en cambio, he sido muy feliz sin tener que ir a su terreno, ese patio en el que que inicié con tan mala pata. Supongo que la acompañaré, la tomaré de la mano sin miedo y nos comeremos un mango maduro en homenaje a Pancho.

#historiasdeanimales

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