No estaba muerto, estaba de parranda
Los cuatro amigos decidieron irse de juerga, en lugar de quedarse a reposar en tumbas oscuras y húmedas para ser adorados. Su trabajo estaba hecho, ya habían dejado gran legado a la humanidad y de ello eran testigos todos los museos y bibliotecas del mundo.
En vista de que no todos pudieron coincidir en vida, Lope, Diego, Pedro y Francisco decidieron hacerlo en muerte. Madrid nunca duerme y ellos, madrileños por nacimiento o por adopción, no tenían ningún interés en el descanso eterno.
Por supuesto, se llevaron con ellos sus osamentas y sus cabezas. Porque sin huesos es muy difícil escribir y pintar. O bailar, beber y cantar, que es lo que se hace en las fiestas.
Aprovechando que era el mes del santo labrador y que Francisco la conocía de sobra, consideraron que la Pradera de San Isidro sería el sitio ideal para dar inicio a la celebración, con la fresca primavera, sus vistas al río Manzanares y de fondo, Madrid señorial.
Allí empezó todo, mezclándose entre la gente sin ser vistos, gozando del vino gratuito, intercambiando risas e impresiones de sus prolíficas carreras en vida. Lope y Calderón se dedicaron a escribir sonetos para cantar y a planificar una comedia a cuatro manos. Diego y Francisco serían los encargados de dejar constancia post-post mortem de estas fiestas, aquelarres de hombres célebres.
Esa es la razón y no otra, por la que los restos de Lope de Vega, Velázquez, Calderón de la Barca y Goya nunca podrán ser encontrados.
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