El piso 9
Cuando nos mudamos del piso 6 al piso 9, mi padre decidió comprar una
máquina de esas automáticas de lavar platos. Esta casa era más grande, mi
hermano y yo podríamos dormir en cuartos separados. Lo malo es que mi madre
tendría más trabajo a la hora de limpiar. El nuevo aparato le haría la vida un
poco más fácil.
Las camas, la mesa del comedor con sus sillas, el sofá, las cajas de
libros y las maletas de ropa los fuimos subiendo entre nosotros y unos cuantos
amigos por los tres tramos de escaleras. Pero el lavaplatos automático era
nuevo. Lo llevaron directamente unos señores al piso nuevo y lo instalaron en
la cocina, justo debajo del fregadero normal. Y ahí quedó, de marca Electrolux,
blanquísimo y reluciente.
Nadie sabía cómo funcionaba, por lo que nos dedicarnos primero a
acomodar todo en nuestro nuevo hogar y, mientras, mi madre siguió fregando a
mano.
Cuando ya estuvimos instalados, nos dimos cuenta de que había que
leerse el manual y comprar unas pastillas de jabón para que pudiera ponerse en
marcha. Hasta que eso ocurriera, decidimos meter algunas ollas dentro. Mi
abuela cuando venía a casa lo miraba con cara de susto y refunfuñaba ¡Esta
juventud, cada vez más vaga! Aun así, bordó una especie de cortinita para que
se viera más bonito en la cocina, a juego con los manteles que ella también
había cosido.
Unos meses más tarde vino el cumpleaños de mi hermano y nos centramos todos
en su fiesta. Pusimos en el lavaplatos automático las servilletas y los vasos,
cubiertos y platos desechables. Los invitados halagaron nuestra nueva
adquisición. Que qué modernos éramos, decían. Las madres de los otros niños
miraban a la mía con un brillo de envidia en los ojos.
Durante el año siguiente mi padre tuvo mucho trabajo. Llegaba a casa
cansado y, al parecer, nunca tuvo tiempo para comprar las pastillas, ni mi
madre para estudiarse el manual del lavaplatos automático. Ahí dentro le dejaba
la cena para cuando llegaba demasiado tarde y ya nos habíamos ido a la cama. El
trabajo de fregar platos se distribuyó por turnos y a duras penas, entre mi
hermano y yo.
Terminé el bachillerato y comencé a estudiar en la universidad. Cuando
me saqué el carnet de conducir, ya llevábamos siete años instalados en el piso
9. Mi madre me dijo que quedaba en mis manos el tema de comprar el detergente y
buscar algunas instrucciones sobre cómo usar un lavaplatos automático, porque
ya nadie sabía dónde había ido a parar el manual original. Para ese momento,
también guardábamos allí las tablas de cortar, el pelador de papas, el rallador
y el exprimidor de limones.
Con tanto estudio, yo tampoco veía el momento de comprar las tales
pastillas ni de buscar información. Empecé a salir con un chico y, cuando vino
a casa a conocer a mi familia, mi padre le comentó el tema del lavaplatos
automático. Él dijo que nos echaría una mano, una tía suya tenía uno de esos.
Le iba a preguntar. Mi hermano estaba en la edad del pavo, todo le daba igual y
tenía a mis padres bastante amargados. Al poco tiempo, mi novio y yo lo
dejamos. Fue la época en la que decidimos meter también en el lavaplatos nuevo
los manteles y las tazas de peltre que mi madre se negaba a tirar.
Hoy me despido del piso 9. Me voy a trabajar a otro país. Mis padres
me dicen adiós con lágrimas en los ojos y yo me hago la dura. Volveré cada vez
que pueda, lo prometo. Mi hermano, que ya tiene 19, también tiene ganas de
llorar, lo conozco. Me abraza fuerte y le hago prometerme que cuidará bien de
los viejos y que, con la ayuda de youtube,
buscará un tutorial de cómo usar nuestro lavaplatos automático.
Mi Busaquita adorada esto está buenísimo.
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