Personaje secundario
Viajando en el metro, caminando por la calle, comiendo o
incluso haciendo el amor, me asalta a menudo la duda de si no seré simplemente
el personaje secundario, ese ser paralelo que nació en una de mis erróneas
decisiones del pasado. Reciente o lejano.
Durante todos estos años he creído que era la protagonista de
una existencia, pero resulta que es posible que no. Porque todo es posible.
Puede ser, entonces, que la dueña de esta vida esté en su país y haya tenido
una carrera exitosa. Ahora es directora de algo, de un periódico, por ejemplo.
O de un departamento. O de un museo.
Tiene una casa con sus puertas y ventanas, sus cortinas, su
garaje, su patio y su jardín. Y su gato. Es escritora, es la actriz principal
de una obra de teatro, no solo de la vida.
Está casada desde hace años. Sus hijos son ya unos adultos.
Ha lidiado con la depresión posparto, la maternidad, las fiebres, las
rebeldías. Con una familia política.
O es deportista, atleta de élite. Ha recorrido el mundo y se
ha lesionado. Es flaca. Y musculosa. Ha estado en Asia.
Ella no sabe que yo existo, viviendo una vida absurda. Yo y
otras mujeres paralelas en países y continentes y trabajos y casas. O sin
casas. Ni trabajos. No imaginará que yo (y quizás las otras) nos preguntamos si
somos esos caracteres alternativos, esos bancos de prueba fallidos.
¿Y si ese día cuando tenía 20 años y a Gabo y a mí nos dio
por cruzar la calle con los ojos cerrados nos hubiese atropellado un bus de
Noroeste? ¿Un carrito por puesto, uno de esos Malibús enormes y durísimos? Y
nos hubiesen llevado al Hospital Universitario, donde no habría insumos para
curarnos. Yo entonces estoy en una silla de ruedas o ciega o con una prótesis
en el brazo izquierdo. O el derecho.
Me pregunto qué habría pasado si hubiese aceptado acostarme
con ese director de cine famoso, en Caracas, cuando tenía 22. Soy quizás una guionista,
actriz o productora reconocida. Una total fracasada.
Y si, en vez de Madrid, hubiese ido a Bogotá, Montevideo o
Lima. A Noruega o a Dublín.
Mis sospechas nacieron cuando en mi familia empezaron a
hablarme de cosas que yo no recuerdo. Lo que dije en tal ocasión, cuando salía
con nosequién. Nunca dije eso, no conozco a nadie con ese nombre. Pero callé
aterrorizada. La locura podría estar acechando. Más o menos en esa época mis
sueños mutaron a algo ajeno, imágenes de otros mundos, imposibles de reconocer.
Puede que me desdoblara la noche en que un hombre me besó sin
mi consentimiento y me vieron. Y fui culpable sin derecho a réplica. Con culpa
para siempre a pesar de ser la víctima. Porque nadie me creyó. O cuando el que
era mi amor dejó de amarme y se escribía con una veterinaria experta en perros.
Soy la amante de un tipo que no me gusta y que me refugió cuando quedé
abandonada. Sola. Quizás hasta le tengo cariño, tras quince años de convivencia
y besos no consentidos.
Cada mes, una vez al mes, me pierdo. No soy yo, no soy ésta.
Vienen a mi mente imágenes inconcebibles que chocan como olas contra mi
consciencia. Entonces me pregunto si es la verdadera protagonista viniendo a
reclamar lo que es suyo, este cuerpo y esta vida. Exigiendo a esta usurpadora
que soy yo, que deje de retorcerle la existencia, que deje de hacerle pasar
vergüenza. Que ya basta.
Luego se pasa y voy a la oficina, bebo café, saludo a los
amigos, salgo a correr. Hago la compra y, de repente, veo un objeto en el
anaquel que nunca he visto, pero que recuerdo nítidamente. Es quizás de esa
otra que, a los 30 años, decidió seguir escribiendo reportajes de zapatos para
una revista que tenía dos dueñas. Dos locas que me explotaban. Que me mandaban
a recorrer las zapaterías de Madrid buscando entrevistas, y contactos para
venderles publicidad y que me echaran de sus tiendas. Esa otra yo igual sigue
deambulando o es la tercera loca, socia de la revista. Y la revista ya no es de
zapatos, sino del corazón, porque no superó la crisis del 2009.
No. No. Yo canto en un coro y escribo relatos porque me da la
gana. Escribo poesía porque se me sale sola del pecho. No soy la esposa del
fanático empedernido que llora cuando se muere un famoso. No tengo sus hijos
que se llamarían Víctor y Lara. Y, sin embargo, a veces sueño con la cena que
les preparo. Con sus deberes. Con Star Wars.
Soy, quizás, alguna de ellas. No esta actriz de reparto con
ínfulas de estrella.
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