Déjate llevar
Se lanzó a caminar por la calle sin
destino. Un calor abrasador en el pecho la empujaba. No era un paseo, no estaba
contemplando nada a su paso. Solo quería huir de la estupidez, como quien escapa
de una fiesta incómoda.
Pero la estupidez no es una fiesta.
Embriaga, sí. Y está dentro. Te persigue. Tampoco se puede vomitar la
estupidez. Aunque revuelva el estómago, incordiando.
Le gritó que se iba. Que estaba
harta. Y sus pasos escalera abajo no dieron tiempo ni a un portazo.
Sin rumbo. No quería decidir si a
la izquierda o a la derecha. Así que caminó recto, todo el tiempo recto. Llegó
a la avenida y la cruzó. Llegó al parque y se internó en él. Pasó por delante
del estanque, de las rosas, del espectáculo de marionetas. Siguió de largo, no
los vio. No sintió el aroma de las castañas asadas.
Salió del parque y rodeó la
glorieta, pasó delante de la panadería sin mirar. Sin oler los pasteles recién
horneados. Los perros se apartaban. Parecían percibir el calor. Los perros son
sabios. Ella no. Ella no se percató de perros, ni de gatos.
Todo ocurrió como cuando metes la
mano en la mochila para buscar algo y el papel traicionero te corta. Un fina,
leve, pero profunda incisión en el dedo. Un corte absurdo, vergonzante, que
duele mucho y por el cual no se te ocurre ir a un hospital. Sigue molestando
con los días, hasta que se pasa.
El lugar común de la paciencia
agotada. Ni siquiera un poco de digna originalidad en su escape. Los años pasan
y el matrimonio se agota. Hasta el sexo aburre. Los chistes no dan risa. Los
soniditos del baño asquean. El café nunca está caliente. El fregadero nunca
está limpio.
Caminaba y caminaba a ver si se
pasaba. Pero no, el calor se hacía mayor, quizás por el ejercicio o quizás por
la falta de salidas. Por la falta de destino. Por lo sinsentido de todo.
Llegó a su viejo barrio, ahora
irreconocible. Lleno de tiendas modernas y cafés modernos y cervecerías de
cerveza artesanal. Y restaurantes veganos, supermercados ecológicos, centros de
ayuda a los indecisos. Talvez debería entrar a uno de esos. Pero tampoco los
vio, y de haberlos visto, no le servían para nada. Porque ella no estaba
indecisa. Ella huía, muy segura de huir.
Siguió andando hasta salir del
barrio, pasó por la estación de trenes llena de gente triste y feliz. Por
despedirse, por encontrarse. Podría subirse a uno de esos y seguir el camino
hacia nosesabedónde, pero tampoco vio los trenes, ni las lágrimas, ni los
abrazos. Salió por la parte de atrás de la estación, y siguió recto.
Por un paraje verde y oscuro, llegó
al cementerio en la frontera entre la tarde y la noche. Entró sin pensar, como
en el resto de sitios, caminando como empujada. Con calor. Con el corazón a
punto de estallar.
Un intenso aroma a jazmín la hizo
parar frente a una lápida blanca, rodeada de flores frescas, flores hermosas,
de sus favoritas. Miró bien la lápida, entornando los ojos porque se había
dejado las gafas y ahora se daba cuenta. María Elena Paniagua. 1974-2020. Su
nombre.
Entonces vino la paz. Ya no hay
nada qué decidir, nada qué entender. Se sentó en el banco a ver cómo la gente
pasaba. Y esta vez sí vio las lágrimas y los abrazos. Pero esta vez, nadie la
vio a ella.
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