El señor Jorge
En una de
las varias vidas que componen mi existencia, me vi un buen día sirviendo mesas.
No fue cuando era estudiante para buscarme un dinerito extra. Fue cuando me
quedé “sin papeles”. Es curioso como un pedazo de cartón (o la falta de él)
puede darte la vuelta como a un calcetín.
Cuando en
la tele hablaban de “inmigrante irregular” se referían a mí. Por lo tanto, más
me valía guardar los títulos en la parte alta del armario, arremangarme y hacer
algo para pagar el alquiler.
Pero en
esa época yo era tan inútil que solo sabía de mi profesión. Era incapaz de
abrir una botella de vino o tirar una caña. Por eso mentí para que me dieran un
trabajo como camarera.
Era un
restaurante asiático, propiedad de un chef americano. Él necesitaba un extra
que hablara inglés para ayudar al encargado los fines de semana. Y yo me
inventé un CV precioso, lleno de experiencia en restauración.
El encargado
no necesitó más de diez minutos para darse cuenta de mi total desconocimiento
del oficio. Pero en lugar de echarme, me enseñó. Y yo aprendí rápido. Porque,
como dijo alguien, “la necesidad es la madre de la invención”.
Mientras
en Venezuela se tomaba café negro, marrón y con leche, en España teníamos solo,
cortado, con leche, descafeinado de máquina, de sobre, en vaso, en taza, con la
leche fría, templada o caliente, con azúcar blanca, morena, sacarina. Y suerte
que para ese entonces no habían aterrizado por estos lares la leche de soja, de
avena, de almendra o sin lactosa.
Me
aprendí todos los cafés. Y tintos de verano, mojitos, gin tonics. A llevar tres
platos a la vez. A manejar una caja y cobrar con tarjeta. A lidiar con borrachos.
Pero, sobre todo, a valorar un trabajo que requiere fuerza física y también
emocional. A entender que la gente prefiere que se preocupen por ella y que les
hablen con la verdad, antes que un servicio rápido.
Cada instante
me llevaba a recordar al Señor Jorge. Ese que, en otra de mis vidas, servía en
los eventos de mi trabajo. Alto, moreno, fuerte, de pelo y bigote negro grueso,
y risa honesta. Siempre impecable, llevaba bandejas repletas de bebidas serpenteando
ágilmente, como bailando en el medio de la gente.
La
intuición me hizo reconocerlo como un sabio y mirarlo a los ojos. Nos hicimos
amigos, supimos de nuestras familias. Me guardaba alguna sobra cuando yo
llegaba tarde a las ruedas de prensa. Yo le llevaba libretas y bolis para sus
hijos.
Nunca le
pedí que me enseñara su oficio, porque en mi prepotencia de 22 años, jamás
pensé que un día me vería sirviendo mesas. Y que esa sería una de mis mayores
enseñanzas.
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